¡Bits, para qué os quiero! – 25 Aniversario de ‘La Abadía del Crimen’

Vuelve una de las secciones más especiales de Coliseo Digital para rendir homenaje a uno de los mejores juegos de la Edad de Oro del software español. En este mismo mes de noviembre se cumplen 25 años desde que apareciese en el mercado en aquel ya lejano 1987. Con este artículo de opinión –muy personal- volvemos a rememorar el juego que marcó a toda una generación.

Para el que escribe este texto, fue un videojuego que supuso un punto y aparte dentro de la escena del momento. Por aquellos tiempos tenía –y sigo teniendo- un Spectrum 128k +2A que me permitía jugar a todos los títulos que iban saliendo al mercado; gracias a su “portentosa capacidad” tenía acceso a cualquiera de los juegos que hicieran uso de esa cantidad de memoria –escasa a todas luces, pero para un Spectrum era lo que había- y gracias a ello pude cargar el juego que hoy nos ocupa. Nunca lo tuve original, el mío era una copia del que se compraron mis primos, el que editó Opera Soft bajo el sello MCM –la segunda marca con la que publicaba Erbe-, pues en aquellos tiempos no tenía el suficiente dinero (contaba con doce años) para poder gastármelo todos los días en software. Con los años pude hacerme con una copia, aquella que acompañaba al nº 215 de la revista Microhobby. No es lo mismo que el original, pero es lo más parecido que he tenido nunca.

Todos sabemos ya, como se ha repetido hasta la saciedad, que el juego es obra de Paco Menéndez, autor que a los 22 años llevo a cabo una más que notable recreación de lo que para él significaba el libro ‘El Nombre de la Rosa’, y todo en la pantalla de un humilde Spectrum. El juego también apareció, como plataforma de cabecera, en Amstrad CPC, donde primeramente se programó y se pasó a las demás plataformas del momento. De ahí surgieron, con posterioridad, la ya comentada de ZX Spectrum, la de MSX y la de PC.

La genialidad de ‘La Abadía del Crimen’ estriba en su complejidad. ¿Cómo una sola persona fue capaz de programar algo así en una máquina tan humilde como el Amstrad CPC? Empezando por el entorno tan magníficamente realizado, que nos hacía sentir que estábamos realmente entre los muros de una abadía benedictina, y terminando por las relaciones que se producían entre todos y cada uno de los monjes, cuyas tareas repercutían directamente en nuestras pesquisas.

Una celda muy acogedora… ¿Lo era también la abadía?

El juego nos ponía en la piel de Guillermo de Occam, un monje franciscano que es invitado a visitar una abadía italiana en mitad de las montañas para encontrarse con Bernardo Güi, de la Santa Inquisición, con quien deberá entrevistarse para hacerle ver su vuelta a su orden y a la iglesia, después de haber sido acusado de herejía y haber pedido asilo en la corte de Luis de Baviera.

En su aventura en la abadía le acompañaba Adso, joven novicio y discípulo que le sigue allá donde va para aprender de su maestro todo lo posible. Una ayuda extra y segundo personaje que manejamos en el juego. Desde luego todo un acierto por parte de Menéndez.

‘La Abadía del Crimen’ es un portento se mire por donde se mire. Ríos de tinta se han escrito para ensalzar los dones que alberga el programa en cada uno de los bites de su código. Muy poca gente escatima halagos y elogios por todo lo que ha supuesto para la industria del videojuego en España. Pero no siempre fue así. El juego no estuvo a la altura para mucha gente cuando apareció por vez primera, no se supo comprender lo que se quiso contar con esa dinámica tan especial que proponía. Y es que una juventud tan acostumbrada a los títulos arcade y de plataformas, no pudo asimilar una rara avis como lo fue ‘La Abadía del Crimen’ en su salida.

Debemos ir a la iglesia, maestro.

Lo primero que más llamaba la atención eran sus gráficos, cuyas trazas dejaban adivinar una maestría suprema en su concepción. No en vano, el autor de tan magna obra, Juan Delcán, estaba estudiando arquitectura, y logró pergeñar una estructura bastante acomodaticia de lo que podría ser una abadía. Hoy en día no podría entenderse el aspecto visual del juego sin la mano maestra de este buen hombre.

Lo que contaré a partir de ahora, serán las impresiones que tuve al ver por primera vez este juego, si mi memoria no me falla, pues de eso hace ya veintitrés años, cuando contaba con unos doce. Por aquel entonces corría el año 1989 y hacía unos pocos meses que mis padres me habían comprado el Spectrum. Llegué al mundo de los 8 bits un poco tarde, aunque al Spectrum lo conocí en 1987, en casa de unos amigos (los primeros juegos que tuve el honor de probar para esta máquina fueron Fernando Martín Basket Master y Army Moves, nunca lo olvidaré). A partir de entonces mi obsesión era tener un ordenador de esas características. No conocía muchas plataformas, por lo tanto, para mí, Spectrum era casi lo único, quitando el PC, que jugaba en otra liga diferente.

He aquí uno de los lugares más enigmáticos, la entrada al laberinto.

Pues como iba diciendo, el juego lo descubrí siendo aún un chaval, y recuerdo que lo compraron mis primos. Cuando lo cargaron en su también Spectrum 128k +2A, mi vista no se despegó del monitor –en aquel momento una TV de 14 pulgadas a color-. No podía creer lo que estaba viendo, aquellos personajes se movían por un edificio que estaba recreado de una manera excepcional, con todo lujo de detalles, incluso había monjes merodeando alrededor y parecían tener vida propia. Aquella abadía parecía no tener fin, recorríamos pantallas y pantallas y nos preguntábamos cómo podían haber hecho algo así. El desconcierto, por otro lado, era constante al andar entre aquellos muros. Al movimiento tan encorsetado del personaje, que se movía con la A para andar, y las teclas K y L para rotar e unos y otro sentido de las agujas del reloj, había que sumar la corta distancia que había que mantener con el Abad que nos recibía en un primer momento, de lo contrario la barra de vida, o aquí llamada Obsequium, podía verse disminuida rápidamente. Eventualmente, para acciones que el aprendiz debía hacer, se usaba la letra Z, unida a las normales para mover los personajes en una u otra dirección.

En el refectorio. Todo monje también ha de alimentarse.

En los primeros pasos por la abadía, para unos chicos de tan corta edad, todo era nuevo y sorprendente. Al llegar a la celda, donde dormiríamos por la noche, después de un largo paseo hasta llegar a ella y habiéndonos quitado media barra de energía, quedamos encantados con nuestros aposentos. Nos dimos una vuelta y caímos en la cuenta de que poco podía sacarse de allí, ni siquiera el escritorio del fondo de la habitación daba señales de tener algún uso, al margen de ser un mero objeto decorativo. En ese preciso momento, las campanas para ir a la iglesia avisaban repiqueteando que debíamos ir a misa. Nuestro discípulo salía corriendo, y nosotros, absortos, veíamos que el novicio que habíamos tenido pegado como una rémora durante todo el camino, salía corriendo sin esperar a nadie. Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que este juego estaba hecho de otra pasta. Todo reaccionaba a los acontecimientos, sabíamos que esa sensación ya no nos abandonaría a partir de entonces.

Un pasadizo muy concurrido por algunos monjes, entre ellos nosotros.

Una vez que seguíamos a Adso, y sin poder reprenderlo por ningún medio, llegábamos a la iglesia, que se encontraba muy cerca de la celda; ayudados, eso si, por otros monjes que salían al camino, y que se dirigían al mismo lugar.

En la iglesia, como sucedería en otros lugares de la abadía, había que situarse en un lugar especial, justamente habilitado para nuestro personaje. No podíamos salirnos de las normas impuestas, o de lo contrario decaería la energía de forma alarmante. En ese momento, los allí reunidos alrededor del Spectrum, nos dimos cuenta de que debíamos acatar de forma férrea cada orden que se nos procuraba desde la estricta voz del abad.

Después vinieron más experiencias, como los paseos por la abadía, cuyo destino era imposible de precisar, puesto que inicialmente no teníamos ni idea de lo que hacer, aunque tuviéramos claro que estábamos allí para esclarecer un misterio impuesto por nuestro señor abad. Pululábamos por aquellas estancias maravillándonos de todos sus rincones, y sobre todo de aquella soberbia arquitectura que nos dejaba completamente obnubilados.

El pobre Severino sufrirá algún que otro “revés” a lo largo de la trama.

Para desentramar toda la historia y completar el juego, hubo que echar mano de algunas guías. Por aquel entonces, un buen amigo del colegio, que no tenía el juego y ni mucho menos el mismo ordenador, por extraño que pueda parecer, fue el que me tendió una mano para desenmarañar todo aquel desbarajuste de detectivescas situaciones. Se trataba de una guía perteneciente a una revista de MSX –cuyo nombre no recuerdo- realizada por un tal Carlos Mesa, que desgranaba cada uno de los siete días de los que constaban las fases del juego. Con esa ayuda, pude ver qué acciones específicas había que hacer en cada momento, puesto que ‘La Abadía del Crimen’ es un juego tan difícil que debemos realizar acciones en el momento justo, de lo contrario descubriremos un mínimo porcentaje de la investigación.

Cuidado con tener las manos demasiado largas o lo pagaremos caro.

Por otra parte, en lo relativo al sonido, teníamos de todo, aquellos monótonos pero necesarios pasos al andar del protagonista, el abrir y cerrar de las puertas y portones, aquellas conversaciones que tenían lugar entre los monjes y nuestro personaje -cuyo pitido indicaba sus voces-, o los sonidos que representaban coger y dejar objetos. Todos ellos, en su justa medida, sin representar un alarde de la técnica, pero con una gran personalidad, denotados en cada una de sus peculiaridades.

También es verdad, y sin lugar a dudas, los colores del Spectrum son muy limitados, y no cabe más que decir que, en este juego, resultaban muy molestos. Esa combinación entre azul y amarillo no hacían otra cosa que fastidiarnos la vista mirando aquellos píxeles en cada pantalla. El color cambiaba en las horas nocturnas y en el laberinto, donde todo se tornaba azul. De distinta manera ocurría en la biblioteca, lugar donde los colores usados se ceñían al blanco y azul. Pero también es cierto que, con todas aquellas limitaciones, se logró rematar unos gráficos que han marcado página en la historia de los 8 bits.

A través de la cocina podíamos acceder a un lugar que vendría muy bien para las incursiones nocturnas.

El día iba desarrollándose a lo largo de una división de horas que, al estilo de un monasterio, se dividían en prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas y noche. Esta segmentación de las distintas horas de la jornada, hacía que nos zambullésemos aún más en aquella represiva atmósfera del juego, que en unos pocos minutos ya nos había cautivado irremisiblemente.

Nunca llegué a completar el juego, ni ver su final de primera mano, puesto que siempre me perdía en el laberinto del último día, incluso con los mapas delante. Pero estuve muy cerca de observar su ocaso, raspando siempre la última habitación, donde se encontraba el venerable Jorge con aquel libro envenenado y por el que todas las muertes habían tenido lugar.

Paco Menéndez nos hizo soñar. Y más aún, porque gracias a tan increíble programa hizo que me interesara por el libro en el que se basaba: ‘El Nombre de la Rosa’ (Umberto Eco). Y, teniendo en cuenta la edad que tenía cuando lo leí, que sería de unos trece años, no comprendí algunos de sus pasajes, pero me sirvió para aumentar mi vocabulario, ya que, por cada palabra que no entendía, realizaba una búsqueda en el diccionario. Después, la película de Jean-Jacques Annaud cayó en mis manos. Eso sí, grabada en vídeo del canal Telemadrid en el año 1990. No dejé de verla, una y otra vez, en los años sucesivos. Ahora bien, la película ya está en mis manos en su versión original, en DVD, cosa que no pude llegar a hacer con la versión de ordenador en casete, de lo cual me arrepiento enormemente. Ahora para poder conseguir una copia original es muy difícil, pues se cotizan bastante al alza y es complicado encontrarlas en Internet.

Como buenos guardianes de la fe, hay que orar. Ora et Labora.

Y para terminar este pequeño recuerdo sobre esta colosal obra del software patrio, quiero recomendar encarecidamente a todos los neófitos en el juego de Menéndez, que no dejen pasar la oportunidad de descubrirlo, pues en la página laabadíadelcrimen.com pueden encontrar su remake y jugar a una más que digna versión del juego, con gráficos remozados y un sonido a un gran nivel. El mejor título del software español de 8 bits se merece que lo recordemos.

Para saber más acerca del juego, lo mejor es acercarse a cualquiera de los innumerables análisis, homenajes y referencias al juego. A continuación dejo unos cuantos enlaces, muy interesantes para quien quiera ahondar más sobre el mismo:

Un pensamiento en “¡Bits, para qué os quiero! – 25 Aniversario de ‘La Abadía del Crimen’

  1. una explicacion sencilla y ala vez didactica. Se ve tu admiracion por esta obra digital.Tengo en mi poder un juego de MCM para spectrum original CON SU CELOFAN ORIGINAL SIN ABRIR, Y ESTA DISPONIBLE SI LA OFERTA ES BUENA.

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